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Jacinto Benavente, escritor y premio Nobel: "Lo peor que hacen los malos es obligarnos a dudar de los buenos"

La desconfianza colectiva y la desinformación actual desgastan nuestra empatía. Recuperar la célebre reflexión del Nobel Jacinto Benavente nos ayuda a entender el impacto psicológico del engaño y a reivindicar la honestidad

 El escritor y Nobel de Literatura, Jacinto Benavente. 

Por 

ACyV 

07/06/2026 - 05:00 

A veces, una simple frase del pasado tiene el poder de explicar a la perfección el caos emocional que sentimos en el presente. Vivimos en una época en la que abrir una red social o leer la sección de política equivale a sumergirse en un mar de sospechas, donde parece imposible saber quién actúa de buena fe y quién esconde una mala intención. La polarización y el flujo constante de desinformación han creado una especie de coraza colectiva: por puro instinto de supervivencia, preferimos desconfiar de todo el mundo antes de arriesgarnos a ser engañados de nuevo. 

Esta sensación de escepticismo crónico no es una novedad de la era digital, aunque ahora la sintamos multiplicada por mil. Los hilos de la manipulación, el sectarismo y el fanatismo político llevan mucho tiempo enredando la percepción humana, logrando que veamos héroes o villanos según el color del cristal con el que miremos. En este escenario tan complejo, la subjetividad manda y la empatía se desgasta, haciendo que la pérdida de la inocencia social no sea solo un concepto teórico, sino una realidad palpable que enturbia nuestras relaciones cotidianas y debilita la convivencia de manera silenciosa. 

Recordar el legado de los grandes pensadores nos ayuda a poner perspectiva y a entender que estos baches éticos ya han sido transitados por la humanidad. El panorama actual de desconfianza generalizada nos conecta directamente con la agudeza de Jacinto Benavente, quien aseguró que "lo peor que hacen los malos es obligarnos a dudar de los buenos". Esta joya del ingenio, firmada por el célebre dramaturgo madrileño que obtuvo el Premio Nobel de Literatura en 1922, desmonta el verdadero peligro de la maldad. El daño supremo de un acto deshonesto no se limita al perjuicio directo que causa, sino que se ramifica en un efecto psicológico devastador: nos roba la fe en la honestidad ajena. 

El impacto psicológico del engaño en la sociedad actual

Cuando los líderes o las personas de mala fe actúan con egoísmo, el verdadero triunfo de su manipulación no es solo lograr sus fines individuales. Lo verdaderamente pernicioso es que consiguen aislar a las personas vulnerables e imposibilitan la solidaridad, un fenómeno que se observa con total nitidez en la crisis de desinformación que atravesamos hoy en día. Al magnificar defectos o difundir infundios falsos, los poderosos logran que la sociedad se pelee entre sí, sembrando una sospecha continua que termina por agotar a los que sí se esfuerzan por trabajar con transparencia y de manera íntegra. 

El sutil manejo de la ironía que caracterizó a Benavente en obras inmortales como Los intereses creados, Señora ama o La malquerida cobra una vigencia asombrosa cuando analizamos este clima de cinismo. La percepción generalizada de que "todos son iguales" actúa como un freno desmotivador para el bienestar común, ya que la ciudadanía, cansada de promesas rotas y propaganda, empieza a juzgar con recelo absoluto las intenciones más nobles. Esta barrera invisible nos impide apoyar los liderazgos basados en valores éticos, dándole la victoria moral a quienes operan desde el engaño y minando la esencia de una estructura social democrática. 

El verdadero triunfo de la manipulación no es el engaño en sí, sino lograr que cerremos la puerta a los que actúan de buena fe

Aprender a contrarrestar este impacto requiere cultivar un espíritu crítico bien informado, pero sin caer en la trampa del pesimismo absoluto que paraliza la acción. La historia del pensamiento humano, enriquecida también por figuras nacidas en fechas señaladas como el Nobel polaco Isaac Bashevis Singer o el cineasta Ingmar Bergman con su profunda mirada sobre la soledad, nos recuerda que el conocimiento es una pequeña isla en un gran océano de misterio. Para reconstruir los puentes rotos de la confianza colectiva, la clave reside en no generalizar el recelo; solo reconociendo la vena escondida de bondad en los demás y apoyando con firmeza las acciones transparentes seremos capaces de salvaguardar la calidad humana de nuestro entorno.


Byung-Chul Han, filósofo: "En el futuro habrá una profesión llamada oyente. Acudiremos a él porque apenas quedará nadie más que nos escuche. Escuchar es dar, lo único que ayuda al otro a hablar"

El filósofo surcoreano advierte que cada vez hablamos más, pero escuchamos menos. En una época acelerada y llena de ruido, prestar atención al otro se ha convertido casi en un acto de resistencia.

Han advierte sobre la pérdida silenciosa de la escucha. 

Estás contando algo. No un drama, quizás es solo algo que te ronda por la cabeza desde hacía días y que necesita salir. La otra persona asiente. Te mira. Pero sus ojos tienen esa textura particular de estar calculando la respuesta antes de que hayas terminado. Y cuando terminas, habla ella. Lo que contaste le recordó algo propio, y ese algo tira del hilo, y de repente la conversación ya no es tuya. 

De esa deriva deshumanizante advierte ahora Byung-Chul Han, uno de los filósofos más reconocidos de la actualidad: "En el futuro habrá, posiblemente, una profesión que se llamará oyente. Acudiremos al oyente porque, aparte de él, apenas quedará nadie más que nos escuche. Hoy perdemos cada vez más la capacidad de escuchar… Escuchar es un prestar, un dar, un don. Es lo único que le ayuda al otro a hablar".      

Esta no es una escena propia de la modernidad. Hace más de tres mil años, Pitágoras ya exigía a sus discípulos que aprendieran a escuchar antes de hablar, y que respetaran siempre el silencio: "La educación del alma comienza por aprender a oír. En el silencio se descubren las verdades que el ruido nos oculta." Tres mil años después, la advertencia sigue siendo la misma.

El don de escuchar

Escuchar es dejar de estar en uno mismo el tiempo suficiente como para que el otro exista de verdad.

Escuchar, dice Han, no es un acto pasivo. No es simplemente callarse mientras el otro habla. Es algo mucho más exigente: es entregarse al otro. Es dejar de estar en uno mismo el tiempo suficiente como para que el otro exista de verdad. Es prestar atención de verdad. Y eso, hoy, cuesta. Cuesta porque vivimos en una sociedad que ha construido todo alrededor de la visibilidad propia. 

La cuestión según Han no es que seamos malas personas. No es un fallo individual. El problema es colectivo. Vivimos en la cultura de la exposición constante. Publicamos, proyectamos y exponemos constantemente nuestro "yo". En esto, las redes sociales han convertido la vida en contenido y las conversaciones en trampolín para el propio relato. Hablar con alguien se parece cada vez más a esperar turno para hablar de uno mismo.


Han relaciona este problema a su llamada "sociedad del rendimiento": una cultura que ha interiorizado tan hondo la lógica de la producción que incluso las relaciones se gestionan como recursos. El tiempo que te dedico es tiempo que no me dedico a mí. La conversación se acelera, se interrumpe, se optimiza. Y el otro queda a medio escuchar.

La prueba del silencio

Guardar silencio después de que alguien hable es dar espacio para que llegue a lo que de verdad quería decir.

Hay un hecho cotidiano que ejemplifica a la perfección la reflexión de Han: la incomodidad frente al silencio. Dos segundos sin que nadie hable en una conversación y ya estamos buscando algo que decir, como si el vacío fuera una señal de alerta de que algo falla entre nosotros.

Pero el silencio, cuando es de verdad, cuando no incomoda, es casi siempre la prueba de que alguien te está escuchando de verdad. Los terapeutas lo saben bien. Saben que guardar silencio después de que alguien termine de hablar es dar espacio para que la persona siga, profundice, y llegue a lo que de verdad quería decir. Por eso, es importante practicar el silencio para aprender a escuchar.

Sin embargo, nosotros no somos capaces de aguantar ese silencio suspendido en el aire. Al segundo ya lo estamos arrebatando para responder al instante. Incluso antes de que el otro haya terminado. Cogemos el hilo que nos interesa sin remordimientos, el que nos lleva a nuestra historia, a nuestra opinión, a nuestro turno. Así nos advirtió el filósofo cínico Diógenes en la antigüedad: "Tenemos dos oídos y una sola lengua para que podamos oír más y hablar menos"

El colapso del otro

Hemos perdido la capacidad de reconocer al otro como alguien que puede sorprenderte.

El móvil encima de la mesa es la versión más visible de todo esto, y quizás la menos interesante porque ya la conocemos demasiado bien. Más revelador es lo que pasa cuando no hay teléfono. Cuando estamos sin él y aun así no escuchamos. Cuando la distracción es interna, cuando el otro habla y nosotros estamos ya en la réplica, en el juicio, en el recuerdo que nos provocó lo que dijo.

Byung-Chul Han lo llama, entre otras cosas, el “colapso del otro”.  Han se refiere a que hemos perdido la capacidad de reconocer al otro como alguien genuinamente distinto a mí: alguien que puede sorprenderme, contradecirme o llevarme a un lugar inesperado. Ese otro se está borrando. Los algoritmos nos devuelven, una y otra vez, variaciones de lo que ya pensamos. Las conversaciones tienden cada vez más a la confirmación. Poco a poco, dejamos de hablar con otros para hablar con espejos.

Escuchar como forma de cuidado

La atención genuina tiene en sí misma algo que restaura.

La psicología lleva décadas documentando el valor terapéutico de sentirse comprendido. No aconsejado, ni evaluado, simplemente comprendido. Carl Rogers construyó toda su teoría en torno a esa idea: lo más sanador que puede ocurrir en una relación es que alguien sienta que el otro lo ha recibido de verdad. Eso transforma algo en quien habla. No porque el otro tenga las respuestas, sino porque la atención genuina tiene en sí misma algo que restaura.

Han, que viene de otra tradición, llega al mismo lugar por otro camino. Escuchar, dice, es un don. Es lo único que ayuda al otro a hablar, a encontrar su propia voz, a ir más adentro de lo que iría solo.

Pagar por lo que antes era gratis

Cuando no se practica, la capacidad de escuchar se desgasta.

Quizás lo más inquietante de todo esto es que la capacidad de escuchar no se pierde de golpe. Se erosiona. Se va gastando en pequeñas decisiones cotidianas que apenas notamos: la respuesta apresurada, la mirada al teléfono, el tema que redirigimos hacia nosotros, la conversación que cortamos cuando se complica. Nadie decide un día dejar de escuchar. Simplemente va pasando.

No sé si llegaremos a necesitar oyentes profesionales, aunque la idea de Han no suena ya tan descabellada. Lo que sí parece cierto es que mucha gente paga hoy por una hora de atención lo que antes encontraba en una amistad. No porque los terapeutas sean mejores personas, sino porque alguien les ha pedido que hagan exactamente eso: que estén. Que no se vayan a ningún sitio mientras el otro habla. Es un privilegio extraño. Pagar por algo que fue siempre gratuito. Por lo que era, simplemente, estar con alguien de verdad. 

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